“La paz, el amor, la amistad… son las cosas más importantes en este mundo lleno de amargura y dolor. Por eso has sido enviada para protegerlas…”
Abrí los ojos y pude contemplar un cielo azul y hierba fresca y verde.
No sabía cuánto tiempo llevaba inconsciente en aquél lugar.
No me di mucha prisa en incorporarme. Me levanté despacio, y noté un terrible dolor en el pecho.
Mi ropa estaba cubierta de sangre, y estaba sentada en un charco de sangre, sin embargo, parecía que había pasado mucho tiempo desde que perdí el conocimiento.
Estaba rodeada de plantas y arbustos, también de tierra y algunos insectos.
Me levanté despacio por la gravedad de mis heridas. Sacudí el polvo de mi ropa desgastada y desgarrada.
No tardé mucho en darme cuenta de que llevaba ahí 100 años dormitando, sin darme cuenta de que la vida iba pasando rápidamente.
Comencé a caminar, adentrándome aún más en un bosque oscuro y tenebroso.
Cuando salí de él, la luz del sol me cegó los ojos por unos instantes, y cuando me acostumbré a sus rayos, penetrantes y resplandecientes, pude contemplar a lo lejos un profundo océano de aguas cristalinas y arena fina.
Continué caminando alrededor de la playa.
Las olas que chocaban contra las rocas, producían un sonido, un susurro, una lengua extraña que solo yo podía comprender.
Miré hacia el horizonte, sin saber qué rumbo iba a seguir.
Hundida en mis pensamientos decidí continuar hasta la aldea más próxima, y curarme de mis heridas allí.
Cuando la noche se adueñó de la playa, no encontré ninguna aldea. Me parecía extraño no encontrar una a estas horas, ya que había caminado mucho.
Agotada, me conformé con un enorme árbol que se situaba detrás de mí, y me acurruqué, hasta que caí en un sueño profundo, que me hizo recordar los sucesos que sucedieron cuando quedé inconsciente.
“Un espíritu maligno intentaba despedazarme con su espada. Reconozco que era un rival bastante difícil de matar. Desenvainé mi espada y repetí estas palabras: ¡YOJURA MUMORU!...”
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